martes, 8 de diciembre de 2015

Luces Molestas

La Navidad, esa época en la que encubren el consumismo con el estar feliz y hacer feliz a los demás. Miró con asco las imágenes en la pantalla, desde que la empresa había cambiado de manos ya no era lo mismo. Apoyó la cabeza en la palma de la mano y recordó cuando aún podía salir sin pensar en lo que costaba cada consumición. Suspiró y acercó la imagen hasta que las caras se distinguían. Rostros anónimos, con los ojos brillantes por efecto de los colores, de las luces. Parecía una tontería, pero se sorprendía con la facilidad que tenían de hacer que salieran a comprar a pesar de no tener para ello. A veces la ansiedad podía con él. La de planes que tenía que dejar de lado para poder llegar a fin de mes y poder pagar el alquilar al siguiente, porque eso era otro problema. No entendía por qué les pagaban tan tarde y mal. Golpeó la mesa y la imagen vibró. 
El teléfono comenzó a sonar con una melodía insípida. Echó un vistazo a la pantalla, esperaba que no se estropeara, porque no sabía como podría comprar otro cacharro como aquel. 
Lo dejó sonar, no tenía ganas de justificarse. No quería salir, no debía salir. 
Ladeó la cabeza y se dejó arrastrar por esa oleada de malestar, su mente configuró un futuro aterrador, lleno de gastos y facturas pendientes sin pagar. Este año no tenía ni una gana de celebrar la Navidad, en realidad desde que dejó creer en los Reyes Magos, todo se había echado a perder. Ya no sentía esa felicidad inocente y sin recargas. Qué tenía de especial, reunirse como cada mes en la misma casa de su infancia, con las mismas personas que apenas conocía. Nada, únicamente la comida que su padre se empeñaba en comer. Odiaba el tostón, no le gustaba, y aún así lo comía. Era la tradición. Al final sacó la valentía suficiente para pedir la guardia esos días, pero no estaba todo, aún no se había enfrentado a su padre. 
Miró el reloj. Tocaba la ronda. Se levantó dejando a su lado al nuevo. No intercambiaban palabra, apenas le entendía. 
Cogió el abrigo, tiritó ante la baja temperatura y se enfrentó al aire gélido de la noche. El barullo lo dejó paralizado unos instantes. Nunca se acostumbraba a toda aquella cantidad de gente. Inspiró profundamente notando su corazón acelerado. Unos pitidos le nublaron la vista unos segundos. Se dobló tratando de recuperar la calma. Boqueó como un pez fuera del agua hasta que todo volvió a su cauce. Echó a andar, aunque más bien se unió a la masa para ser transportado hasta el otro lado de la calle. 
Las luces habían provocado un aluvión de turistas navideños que recorrían las ciudades para fotografía y colgar en sus redes sociales aquellas instantáneas que eran iguales que todos lo años. No entendía esa fascinación por las bombillas de led. Las miró durante unos minutos, esperando sentir, notar algo en su interior, nada. Eran unos simples cables haciendo formas geométricas de color. Fue deslizando la vista hasta la conexión que tantos problemas les había dado hacía apenas unos días. El cajetín estaba demasiado bajo y podía resultar daño por el tránsito de la gente. 
Frunció el ceño. Un grupo de adolescentes se había parado delante del cajetín. Sí se apoyaban en él podían apagar toda la calle. 
De pronto una idea brilló en su mente y su boca se torció en una sonrisa de satisfacción. Era fácil. Nadie sabría nada. Giró ciento ochenta grados y con caminó deprisa, atravesando el gentío que subía y bajaba la calle. Tardó más de lo esperado. Se puso de puntillas para ver como el grupo se marchaba de allí. Cuando llegó estaba solo en medio de la calle. Miró en dirección a la cámara que controlaba ese espacio y su valentía se desinfló. Con un gesto del pulgar indicó a Vladimir que todo estaba bien y deshizo su camino cabizbajo. 
Tenía que hacerlo, lo necesitaba. Debía hacerles ver lo débil que era ese eslabón de la cadena. Sintió un cosquilleó en los dedos. 
Siguió caminando hasta el cruce de caminos del centro de la ciudad. Esa plaza que no descansaba nunca, repleta de vidas, repleta de ilusiones, de desgracias, de contradicciones. Mendigos que se cruzaban con ricos que ni tan siquiera los miraban, niños con viejos, buscavidas con afortunados. Colas y más colas esperando ser este año el agraciado en la lotería de Navidad. Recorrió el trayecto en el doble de tiempo que esa misma tarde. Se tuvo que parar varias veces para dejar pasar a viandantes obnubilados por el gigantes árbol dorado que se imponía en medio de la plaza. Las quejas quedaban apagadas con la Navidad. Todo era felicidad y regalos, objetos que no siempre nos hacían mejores o felices. Se palpó el bolsillo izquierdo y sintió un escalofrío al notar la punta de los alicates. 
Se chocó con una mujer que le sonrió y él la imitó, pero su felicidad no estaba producida por esas luces. 
Cruzó por todo el medio, como el resto de paseantes que no tenían en cuenta las normas aquellos días. Lo importante, llegar a su destino para hacerse con los regalos a mejor precio. El ruido era insoportable. Echó el aire que había retenido al llegar a aquel callejón olvidado. Al fondo podía ver algún que otro turista despistado con su palo de selfie tomando fotografías que no volvería a mirar jamás.  
Se apoyó en la pared y elevó la vista. La caja blanca apenas se intuía. Pero sabía que estaba allí. Era el jefe y controlaba cada fusible de esa maldita ciudad. Un nudo se instaló en su estómago. 
Las dudas asaltaron su mente. ¿Realmente se iba a atrever a desconectar todo el alumbrado? Se fue separando despacio de la pared. Bajó la mirada al suelo empedrado. Echó un pie, luego el otro así hasta llegar al otro lado de la calle. Miró de un lado a otro. La cámara llevaba estropeada tres años. Qué más daba. Por allí nunca pasaba nadie pudiendo ir por su paralela llena de luces y tiendas que ofertaban tus sueños. 
Palpó con manos temblorosas la superficie rugosa hasta dar con el cable. Su boca se torció y la adrenalina se repartió por todo su cuerpo alentándole. 
Si tiraba con suficiente fuerza la caja caería en sus manos. Recordó el primer día de Vladimir que se enganchó con ese mismo cable y el cajetín rebotó en el suelo haciéndose añicos. 
Su jefe ahora mismo estaría disfrutando de una buena cena a costa de sus sueldos y de los materiales que siempre les prometía. Cerró los ojos y se concentró en toda la rabia, en todo lo que no podía hacer y los demás sí, en todo lo que pasaba de largo por sus ojos, en la felicidad ficticia de los viandantes, en los niños materialistas que crecían pensando que siempre tendían todo lo que deseaban a su alcance, en los cafés que ahora mismo se estaban sirviendo, en las cervezas derramadas que había dejado de tomar por pagar la luz. 
Introdujo los dedos entre el cable y la pared. Los cerró contra el plástico y tiró deshaciéndose de todas aquellas frustraciones que tenía y que le molestaban demasiado. 
Oyó un chasquido y la caja cayó en sus manos junto a un amasijo de cables revueltos. 
Lo abrazó contra su pecho e inspiró el frío aire de la noche. 
Sólo tenía que abrirla y cortar. Así de sencillo, así de fácil. Tenía su felicidad metida en aquel objeto. 
Tenía las manos heladas y le costó abrirlo. 

–¡Alex! –parpadeó varias veces. 
Abrió los ojos y vio a Vladimir delante de las televisiones con las manos echadas a la cabeza soltando improperios en húngaro. No entendía nada. 
Se levantó de su asiento y le amarró el brazo para mirarlo. 
–¿Qué pasa?
–Las luces –logró articular con voz temblorosas. 
Alex se acercó a las pantallas y sonrió tanto que sintió dolor en las mejillas. Todas y cada una de las luces navideñas estaban apagadas. Se tapó la boca para reprimir la carcajada que le nació en su interior. Inspiró varias veces y su expresión cambió. 
–Llama a todos, alguien ha saboteado las luces de Navidad –soltó con tono autoritario. 
Vladimir que no dejaba de golpearse la cabeza asintió y salió escopetado de allí. 
Alex se sentó frente a su trabajo y comenzó a reír. La incompetencia le había hecho un favor, jamás pensó que eso le iba a dar tantas alegrías. Cuando llego de su paseo su compañero dormía profundamente sobre la mesa. Allí había esperado casi veinte minutos hasta que por el ruido provocado por él, harto de la espera, Vladimir había despertado de su siesta y se había dado cuenta del desastre. Iban a rodar cabezas. Debido a que la cámara responsable de la seguridad en ese punto no se había vuelto a arreglar. 
Alex se acomodó en su asiento y esperó el devenir de los acontecimientos con una especie de alegría de haber hecho por fin lo correcto.  


lunes, 10 de agosto de 2015

Hurts/Duele_2

Salí al huerto, que aún era algo pequeño, a por unos tomates y dos lechugas verdes y moradas para hacer la ensalada que acompañaría al cordero que Alex había comenzado a asar en un horno que tenían junto a la cocina. 
Olía a gloria. Nos sentamos en la mesa del jardín delantero para esperar a que el hombre de la casa apareciera con el plato principal. Compartimos una velada maravillosa, a veces sentía como si formara parte de una película. 
–Me dolió mucho que me dejara, pero creo que si no lo hubiera hecho no habría ido a esa exposición –agregué algo emocionada. 
Sentí la mano de Miriam. 
–La vida –dijo muy místico Alex. 
–El destino –agrego Miriam sacándole la lengua a su marido. 
–Todos los días recordaba las tardes que pasábamos los veranos en el pueblo. A veces me preguntaba qué habría sido de ti. Esos días lluviosos de Devon cuando Alex salía para no volver hasta dentro de varias semanas, lo que más deseaba era poder llamarte para hablar hasta hartarnos como hacíamos en la peña durante las borracheras de los demás. 

jueves, 2 de julio de 2015

Hurts/Duele_1

El verano, esa época estival, alegre, dichosa y calurosa, que divide a la población entre los que pueden disfrutar de las vacaciones y entre los que no. En realidad desde la crisis que hemos sufrido, era una suerte poder trabajar aunque fuera cuando todos lo estaban pasando bien durante los meses veraniegos. 

Llevaba demasiado tiempo sin trabajo, sin sentirme realizada e independiente. Por lo que acepté aquel trabajo en la granja de mis amigos. Llevaba allí dos días cuando ocurrió todo aquello la misma noche de San Juan, hacía varios años que se había retomado la celebración de las hogueras, creo que todo se debió a los sobrenaturales. 


jueves, 25 de junio de 2015

Escala de grises_2

Ella no era superior a mi, yo era mejor persona que ella, y se lo iba a demostrar. No volvería a hacerme sentir como una mierda, jamás podría tratarme como a un ser inferior, el ser inferior era ella, ella que nos hacía la vida imposible. 
Sí, el plan era perfecto. Se notaba que me lo había currado. Seguro que se estaba reconcomiendo por dentro, por no haber sido capaz de descubrir lo que planeaba contra ella. 

miércoles, 17 de junio de 2015

Escala de grises_1

Apreté tanto el fleje que sus manos se quedaron sin color. Rasgué un trozo generoso de cinta adhesiva y se la coloqué en la boca. No quería oír su voz reprochando lo que estaba haciendo. Era lo mejor, no dejaba de repetirme una y otra vez. No me había dejado otra opción. La miré. Sus grandes ojos marrones me observaban con temor. Intentó moverse de la silla, pero esas condenadas ataduras de plástico no la dejaban. Cerró los ojos aguantando el dolor en sus muñecas. 

martes, 2 de junio de 2015

Mercy

¡Ayúdame! –grité con todas las fuerzas de las que fui capaz. 
Oía los pasos sobre mi cabeza, las voces elevadas por los ruidos de la ciudad. Golpeé la portezuela con todas mis fuerzas, podía sentir como el aire se escapaba de mis pulmones y no se renovaba. 

martes, 26 de mayo de 2015

Psycho

Llegaba tarde, como siempre. Miró para un lado y luego al otro y cruzó casi a la carrera. 
Cuando entró en el hospital, aquel silencio que reinaba en las calles se acabó de forma brusca. Se notaba que era fin de semana y verano. La sala de urgencias estaba a reventar, caídas, accidentes domésticos, ahogamientos y accidentes de tráfico poblaban aquel lugar aséptico. 
Ella sonrió. Iba a ser una noche movidita, como a ella le gustaban. El móvil vibró de nuevo. Lo sacó y vio el mensaje de su compañero que la reclamaba. Contestó con un estoy dentro y echó a correr para entrar en el ascensor.